¿Y si empezamos el libro por el final?

Cuando leo algún libro o veo alguna película, no me molesta saber el final de antemano, de hecho en varias ocasiones me leo el final del libro derechamente, me pasó con el último de mi querido Inspector Wallander. Pero ocurre que no soy el único, como señala Jonah Lehrer en Spoilers Don’t Spoil Anything, más que interesante artículo que he leído en Wired.

El autor, quien tiene también la misma costumbre de leer el final, menciona una investigación realizada por Nicholas Christenfield y Jonathan Leavitt, de la University of California, San Diego, quienes realizaron un ejercicio muy particular con un grupo de estudiantes: con tres grupos con distintos niveles de spoiler a partir de 12 historias cortas, es decir, tres niveles de presencia de spoiler o de información relativa a lo que se va a leer, en este caso el final.

Some subjects read the story as is, without a spoiler. Some read the story with a spoiler carefully embedded in the actual text, as if Chekhov himself had given away the end. And some read the story with a spoiler disclaimer in the preface.

Como muestra la gráfica, la respuesta es sencilla, disfrutamos más (o sea que no soy el único) o por lo menos el grupo investigado, disfruta más cuando tiene información sobre el final.

Este dato, como señala el autor, nos permite visualizar varias cosas importantes, por ejemplo, que si lo pensamos bien, los géneros literarios (y tal vez los fílmicos) no son más que distintas formas de spoilers, o sea desde La Iliada y al Odisea uno sabe que el bueno vence al malo. Por lo que la relación de los spoilers y el espectador lector en la actualidad es algo nuevo como señala Lehrer,

In this age of information, we’ve become mildly obsessed with avoiding spoilers, staying away from social media lest we learn about the series finale of Lost or the surprising twist in the latest blockbuster. But this is a new habit. After all, mass culture consisted for thousands of years of stories that were incredibly predictable, from the Greek tragedy to the Shakespearean wedding to the Hollywood happy ending.

La investigación lleva a plantearse incluso los esfuerzos de los escritores y guionistas en crear giros y giros de argumentos cuando parece que no necesitamos tantos giros, ya que parece ser como también señala Lehrer, que nuestra cabeza  funciona como una máquina de predicción. El goce estaría en descubrir cómo llegamos al final que ya conocemos.

Christenfeld and Leavitt even speculate the knowing the ending might increase the narrative tension: “Knowing the ending of Oedipus may heighten the pleasurable tension of the disparity in knowledge between the omniscient reader and the character marching to his doom.”

Finalmente  habría que revisar tal vez los argumentos referentes a este tema, y no sólo en nuestra vida personal (el rol social de las sorpresas es casi histórico) sino también en la narrativa como herramienta de comunicación y enseñanza donde habitualmente el desarrollo de la historia siempre relega al final, para el final.

¿Y si comenzamos por el final?

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